martes, 15 de febrero de 2011

.- Y eso finaliza aquí, pero comienza en otro lugar.

Hoy quizás esté a un paso de la locura, y el miedo cubra mis ojos.
Pero ¡no me quedaré encerrada en éstas cuatro paredes! Me dije y salí de nuevo hacia aquel lugar.
Tenía que llegar cuanto antes, porque caminando tan rápido, con los auriculares tan aferrados a mis orejas y la música que me apunaba, bajaría un poco el nivel de nerviosismo.
La noche estaba a mi favor, el fresco me mantenía estable y el viento me lavaba la cara. Dude un poco al salir de casa, una mujer sola y entumecida, a la madrugada, era un buen blanco para cualquiera.  De todos modos no tenía nada que perder y a lo sumo ganaría un poco de tranquilidad.
Pero mientras caminaba, empecé a repasar con dureza mis acciones del día. Lo fácil que es para algunas personas engañarme, lo difícil que es para mi conservar la paz y recordar que estoy hecha de paciencia. Y sobre todo, que estaba hablando sola.
Comencé por reírme y luego por preguntarme si de verdad todo esto no sería un problema. Sin darme cuenta y con todas esas preguntas en la cabeza había terminado en el mismo árbol que la otra vez. Las estatuas seguían sin juzgar y las sombras ya no estaban. Habían arreglado los faroles que estaban cerca de la fuente de agua y agregaron otras que iluminaban el camino de tierra que giraba en torno a todo el parque. Me sentía más segura a pesar de que ni siquiera tenía un encendedor para amenazar a alguien.
Cuando ago te queda en la cabeza rondando, es difícil sacártelo. Pensé y luego me di cuenta que todo sería más fácil si solo me dedicaba a respirar. Así que eso hice, respiré lento y profundo hasta que ni siquiera sabía porque discutía conmigo misma.
Un presentimiento salio de aquellos pensamientos. Podía imaginar que alguien me había estado observando. Pero era una cara muy borrosa y apagada. No sentí miedo pero si algo de curiosidad. No pude indagar más en mi mente. Pero sentí como si en ésta noche, esa cara se haría realidad.

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